
Ester tenía buenas razones para sentir temor durante su vida. Huérfana, fue criada por su primo mayor Mardoqueo en una tierra extranjera, donde su pueblo vivía como súbditos exiliados bajo un gobierno pagano y extranjero. Cuando el rey destituyó a su reina e inició una búsqueda por todo el imperio para reemplazarla, Ester fue apartada de su familia para vivir en el palacio en preparación para ser considerada por el rey. Tendría una sola noche con él, en la cual sin duda perdería su virginidad. Si no era elegida reina, viviría el resto de sus días como concubina.
Pero por la mano de Dios, Ester fue elegida reina. Luego llegó la noticia de parte de Mardoqueo de que Amán había promulgado un decreto irrevocable para pagar una generosa recompensa por matar al pueblo judío en una fecha determinada.
Mardoqueo le rogó a Ester que usara su posición como reina para interceder ante el rey a favor de su pueblo. Sin embargo, para hacerlo, tendría que presentarse ante él sin ser invitada, lo cual podría costarle la vida. La ley persa establecía que cualquiera que se acercara al rey en su corte interior sin ser invitado sería condenado a muerte, incluso la reina. Había una única salvedad en la ley. Si el rey extendía su cetro de oro hacia la persona, su vida sería perdonada. No había garantía de que él la recibiera con agrado, especialmente porque no lo había visto en un mes.
Al principio, y de manera comprensible, Ester tuvo miedo de aceptar la petición de Mardoqueo. Le envió un mensaje recordándole el riesgo bien conocido, pero Mardoqueo insistió. Él respondió con un recordatorio propio, y fue aleccionador: Ester también era judía, y Mardoqueo le advirtió que no pensara que escaparía de la masacre solo por pertenecer a la casa del rey.
Ester escuchó y sopesó las palabras de esta figura paterna en quien confiaba. Algo tenía que hacerse. Parecía que su vida estaba en peligro de cualquier manera. Estaba decidida a buscar al Señor y se comprometió a ayunar y orar durante tres días, pidiendo a otros que ayunaran por ella también.
“No temas delante de ellos, porque Jehová tu Dios está en medio de ti, Dios grande y temible.”
— Deuteronomio 7:21
No sabemos cuánto luchó Ester con el temor durante esos tres días, pero parece razonable suponer que así fue. Su vida estaba en juego, como también las vidas de su familia más cercana y de su pueblo, dondequiera que vivieran en el imperio. Sin duda, las palabras de Mardoqueo resonaban en su mente mientras oraba. “¿Y quién sabe si para esta hora has llegado a la posición de reina?”, le había dicho él (Ester 4:14).
El temor puede alejar nuestro corazón de Dios y bloquear nuestros oídos para no escuchar Su voz. Ese es el momento de acercarnos a buscar al Señor con todo nuestro corazón, pidiéndole claridad, sabiduría y valentía. Él comprende nuestros temores, pero no quiere que estos nos impidan verlo hacer cosas maravillosas a través de nosotros. Él nos invita a derramar nuestro corazón delante de Él en oración y a descansar en Su cuidado mientras obedecemos y le permitimos usarnos. De este lado del temor, nunca sabes lo que un solo acto de obediencia valiente podría lograr en el reino de Dios.