
Escondidas dentro de las mismas cosas que nos causan temor hay oportunidades para confiar en Dios en busca de nuestra paz y protección. Como vimos en el devocional anterior, Ester enfrentó situaciones sumamente aterradoras, entre ellas verse obligada a dejar la seguridad de su familia y formar parte del harén del rey persa. Qué aterrador debió haber sido esto para esta joven doncella judía, casta y pura. Pero Dios había provisto para ella en el pasado –poniéndola al cuidado de su primo mayor Mardoqueo, quien la crió como su propia hija cuando quedó huérfana– y volvería a hacerlo.
A medida que se desarrolla la historia de Ester, vemos a Dios cuidándola una y otra vez, mostrándose fiel en su vida. Cuando ella entró en la casa de las futuras reinas, el Señor le dio a Ester el favor de Hegai, el encargado, quien se aseguró de que ella recibiera cuidados y atenciones especiales más allá de lo que proveía a las demás.
Cuando llegó la noche de Ester con el rey, Hegai la aconsejó sobre lo que debía llevar consigo, dándole una ventaja sobre la competencia. El rey favoreció a Ester por encima de todas las demás y la eligió como su reina, la reina de Persia.
“Ciertamente Dios es mi salvación; confiaré y no temeré. Porque Jehová, el Señor, es mi fortaleza y mi canción, y Él ha sido salvación para mí.”
— Isaías 12:2
Cuando Ester consideró la petición de Mardoqueo de que intercediera ante el rey a favor del pueblo judío, se dio cuenta de que aquello podría terminar en su muerte. Decidió poner su vida en las manos de Dios e ir al rey sin importar las consecuencias, diciendo: “Entraré a ver al rey, y si perezco, perezco.” Pero antes, oraría. La fidelidad de Dios hacia ella en el pasado la impulsó a buscar con fervor su guía sobre cómo presentar su petición al rey.
Finalmente, el Señor la guio hacia un plan que tomó tres días de incertidumbre para llevarse a cabo. El rey podría haberse cansado de que ella postergara revelar su petición, no solo una vez sino dos, mientras lo invitaba primero a un banquete y luego a otro, ambos con la presencia de Amán. Ester tuvo que confiar en el Señor cada día, cada momento. Dios volvió a mostrarse fiel al organizar una revelación dramática de la herencia judía de Ester, la amenaza contra su vida y la culpabilidad del malvado Amán en todo el asunto.
Cuando el temor se apodera de nosotros, o cuando Dios nos llama a hacer algo que parece demasiado grande para nosotros, Él nos está ofreciendo la oportunidad de confiar en Él. Cuando lo hacemos, experimentamos las bendiciones de la paz y la fructificación.
Jeremías nos dice que los que confían en el Señor son como un árbol plantado junto a una corriente de agua que fluye todo el año. No necesitan temer el calor ni la sequía. Sus hojas están siempre verdes, y nunca dejan de dar fruto (Jeremías 17:7–8). Si estás enfrentando algo que te asusta, haz como hizo Ester: busca al Señor para que te guíe y pon tu confianza en Él. Déjalo mostrarte el camino y su fidelidad.
Y, ¿quién sabe qué hará Él en la situación y en tu corazón?